Siempre estudié en escuelas particulares gracias a becas. Mi mamá no podía pagarme escuelas caras a pesar de que era muy buena estudiante.
Recuerdo unas vacaciones de verano en que mi hermano y yo invitamos a un par de amigos, y como no teníamos dinero y nos aburríamos mucho, hicimos un twister de papel: con un compás, colores, tijeras y cinta. No podíamos comprar el juego de moda. Nos divertimos tanto que, 25 años después es un gran recuerdo en mi corazón.
Pasé varios años comiendo con mis abuelos maternos porque mi mamá tenía que trabajar para mantenernos lo mejor que podía a mi hermano y a mí, y gracias a eso, mi abuelo me enseñó y aprendí muchas cosas: desde escribir a máquina, jugar frontenis, multiplicar, y otras ñoñerías.
Toda mi adolescencia tuve ropa de segunda mano que las amigas de mi mamá me donaban de sus hijas. Era tan delgada que yo misma las zurcía a mano para que me quedaran. Para mí, eso era estrenar (aún conservo una que otra pieza y siempre que las veo o las uso, suspiro).
Me compré mi primer coche a los 25 años, y amaba haber dejado de andar en camión, aunque añoraba los trayectos leyendo que, durante años, me hicieron leer tanto.
No cuento esto para que piensen “pobrecita Sol” sino porque quiero compartirles que, una historia de infancia y adolescencia con carencias económicas (que no tiene caso enumerar), es posible que inspire, catapulte, y haga apreciar las cosas y los momentos de una forma más intensa.
Que si, me costó mucho esfuerzo salir adelante, pero jamás perdí la fe. Incontables ocasiones lloré a gritos de desesperación, o bajo las sábanas en la madrugada añorando una vida mejor. Ciertamente mis propias limitaciones no me dejaron ver oportunidades, pero… eso ya pasó.
Esas mismas circunstancias me han hecho quien soy y forjaron mi mente y corazón de una forma en la cual casi lo agradezco (aunque no siempre).