He sido mi más duro juez en el espejo, mi pensamiento más exigente, quien observa como celadora a su prisionera cuando de realizar una tarea importante se trata.
Ha habido temporadas en las cuales me he sometido a jornadas de trabajo físico y mental tan duras, que termino colapsando mi cuerpo.
Confieso que muy poco he aprendido sobre parar a tiempo, llevar las cosas a un ritmo que me permita disfrutar los procesos… muchas veces hago como que no escucho esa voz que me dice: “más despacio”, “cuídate”, “para”. Y sigo ese camino de autoexigencia hasta que obligadamente tengo que detenerme.
Cuando esto sucede, me invade la culpa por el maltrato al cual me he sometido con el pretexto de lograr X cosa.
He llegado a ocultar que me siento exhausta, que aunque intente descansar, en mi mente llegan pensamientos como: “así cómo vas a lograr lo que sueñas”, “puedes más”, “¿mañana qué haremos para avanzar?”
Me mantengo en un círculo de autoengaños en abonos con frase que me repito como: “solo un poco más y descansas”, “solo hoy y mañana te relajas”… Jamás llega ese día de relajamiento.
Juro que intento ser consciente de estos mecanismos, he trabajado mucho para minimizar estas conductas, pero muchos de mis días siento mi mente como motor de auto de carreras en pleno arranque.
Siempre digo que no puedo vivir sin agenda, y entiendo que, en parte, es porque me atiborro de cosas por hacer; porque si, tengo muchos sueños y metas, pero siento que me avorazo y empacho a mi cuerpo y mente hasta que los trueno.
Lo comparto porque esta lucha interna difícilmente se visibiliza, y siempre parece que somos “muy disciplinados/as” y socialmente hasta se aplaude. Y cuando enfermamos, las personas a nuestro alrededor no pueden adivinar que deviene de un campo de batalla interno, incluso sucede que ni nosotros/as mismos/as lo entendemos así.
Quisiera terminar con respuestas y soluciones, por en esta ocasión solo llego a compartir lo que vivo, para que si te descubres en estas conductas, aprendas a notarlo, a buscar ayuda y herramientas.