Como habrán leído la semana pasada en la primera parte del artículo, me solté como hilo de media quejándome amargamente sobre los estragos en la vida, de estudiar un posgrado. Sé que es desalentador dar razones para no hacerlo. Mi intención es que sepan lo que puede suceder en el proceso y comprendan que ¡es normal!
Antes de que me juzguen como una llorona sin remedio, los invito a que leean mis otras 5 razones para no hacerlo, y despúes se forjan su propio criterio.
En mi caso, y como les comenté: se rompe la vida, lees y estudias tanto que hasta se sueña con la investigación; se sufre estrés, agotamiento, ansiedad y cuando uno se anima a darse un break, el trabajo se carga y se vuelve más pesado. Entonces:
6. Se vuelve uno/a más odioso/a (y yo de por sí ya era). Te apasionas tanto por el tema, que en ocasiones hacemos comentarios que la gente no comprende por el grado de cuestionamiento y apasionamiento. La verdad es que no hay muchas orejas para las opiniones doctorantes, y al menos yo, me volví un poco más hermética en mis juicios y opiniones (pero ahora aprovecharé este espacio).
7. Más veces que antes, piensas que la gente es idiota. Lo siento. No es un comentario lindo y si bastante ególatra. Pero son cosas que se sienten. Estudiar (lo que sea) te hace ser consciente sobre las muchas cosas que ignoramos, y que el mundo tiene una diversidad inimaginable de absolutamente todo. ¡Y no lo sabemos! Por lo que, cuando escuchamos conversaciones, noticias, leemos publicaciones en redes, etc., a veces pensamos en cuánto nos falta por conocer y que, opinamos sin saber solo por convivir.
8.Cada vez te agrada menos la gente (no de grado ermitaño, pero sucede). Sin ánimo de ofender a nadie. Yo, cada vez menos quería estar rodeada de personas (que se relaciona con la razón #7). De por sí amo los libros, así que cuando me sumergí en ellos para estudiar y escribir, y mi mente estaba pensando todo el tiempo en la investigación, más flojera me daba convivir con las personas. No es todo el tiempo, pero estoy segura que la mayoría ha acotado su círculo de amistades (que también se han de hartar que uno siempre diga: “no puedo, tengo que hacer tesis”. Lo entiendo); y pasas mucho tiempo en casa estudiando.
9. Muchos días te cuestionas para qué demonios estudias tanto. Está padrísimo aprender, pero yo me preguntaba si no estaría llevando las cosas demasiado lejos, solo por aprender más. Honestamente nunca lo hice pensando en el mejor puesto, yo soñaba con ser investigadora. Nunca me motivó pensar en un lucro o un mejor puesto laboral, siempre se trató de una satisfacción meramente personal. De hecho, no muchas personas saben de mis grados académicos. Siempre los he considerado algo mío y para mí. Pero eso no quita que nos preguntemos para qué lo hacemos, y más porque las personas cercanas a nosotros, nos cuestionan cuando nos ven al borde de la locura y quejarnos.
10. Se convierte una forma de vida. Te vuelves insaciable por saber, por aprender. No solo de la tesis, sino de lo que la va rodeando, porque el hecho de adquirir herramientas de estudio (tanto las existentes como las que uno se va construyendo solo/a), te va llevando a más bifurcaciones en el aprendizaje. Y por más que nos quejemos de lo pesado que es estudiar, en el fondo, siempre buscamos dónde aprender: cursos, libros, incluso en el trabajo, o un nuevo proyecto. Es decir, el grado de investigadores se nos tatúa, como si nos naciera un chakra de la ñoñés. Te vuelves crítica, incrédulo, cuestionante, y de repente y sin que te des cuenta, lo aplicas en toda tu vida. Y así, el mundo se convierte en un lugar más interesante en muchos aspectos, en todos los que quieras, porque ¡sabes investigar!
Al final, solo puedo decir que me ha mantenido en el camino el sueño de ver mi título de doctora en derecho expedido por la UNAM. Yo recomiendo que te ates con hilo imaginario a un sueño (cada quien elige el suyo), y cuando sientas que no puedes más, cierres tus ojos y veas la imagen del sueño cumplido. A mí me ha mantenido a flote.
Siempre he dicho y lo sostengo, que estudiar un posgrado te adentra en una etapa agridulce de la vida, mas agria que dulce, eso sí; pero que la puedes convertir en apasionante e interesante, porque te reta de muchas maneras: no solo a nivel académico, sino profesional, personal y hasta amoroso. Sin embargo, lo más importante, la lección que aprendí (con sangre porque no lo entendí hasta hace poco) es que, está en nosotros sacar el mayor provecho de las cosas y circunstancias para transformar nuestras vidas en algo mejor, sea lo sea para cada quien.